lunes, 2 de marzo de 2015

Ajedrez XXI


Alfil e4
otro peón cae en batalla.
¿Cuantos mas?
El tablero de mesa solo permite 8
el campo de batalla 
es infinito
y permite cuantos peones;
el rey o el presidente quiera.
Como siempre, 
los afectados no son los poderosos.
Ya que si el rey cae, el juego se acaba,
el jugador pierde.
Borges se preguntaba 
quien era el jugador detrás del jugador.
¿Serán los grandes capitales los jugadores detrás de los reyes?
Quien lo sabe.
Solo sabemos que una vez mas
un peón va a caer 
y otro mas
hasta que estos se den cuenta
que pueden rebelarse contra el rey.
Y ahí la partida acabara

y una nueva comenzara.

Utopía Sentipensante

POCAS, MUCHAS, TODAS


Un enjambre. Un zumbido aturdidor se filtraba por los pasillos del hospital. Aquellos sonidos la guiaron hasta su destino. “Un enjambre”, repitió mentalmente al ver la cantidad de mujeres que rebosaban el lugar. Miró las puertas de los consultorios y quedó tranquila: era allí. ¿Tranquila? No era precisamente la palabra para describir la situación de ese miércoles.

Permaneció de pie la cantidad de tiempo suficiente para que la cintura comenzara a doler, ni qué decir del calzado, a incomodar. Recostada sobre una pared que alguna vez fue limpia, sus ojos oscilaban entre las ventanas, el consultorio y cada una de las demás pacientes. La franja del diáfano cielo que le regalaba la ventana era la mejor opción. Pensaba en todas las cosas que tenía por hacer. Pasar a buscar a Nico al jardín, comprar una tarjeta para recargar el celular, arreglar ropa que le había llevado una clienta. Lo inmediato.

La puerta del consultorio, a pesar de los reiterados golpes, parecía inmóvil. En tanto, el enjambre comenzaba a martillarle las sienes y a estrujarle el corazón. Parecía un concurso de dolores. La gran mayoría hablaba unas con otras, no muy seguro se escuchasen. Cuando creía haber oído la peor pesadilla, saltaba otra emulándola. Cada una, convencida de haber sufrido más que la otra. La viejita de al lado no paraba de reportar detalle a detalle los casos de familiares, amigos y enemigos que, al igual que ella, habían caído en semejante desgracia.

A su costado izquierdo, una chica más joven que ella guardaba silencio, pero la parte superior de su cabeza gritaba por liberarse del pañuelo que la cubría. Sintió un escalofrío serpentearle las entrañas. En eso, una enfermera abrió la puerta del consultorio y leyó la lista con el orden de los turnos del día. Podía sentirse un poco ganadora. Tenía el séptimo lugar. Desde la noche del día anterior, estuvo acampando a la intemperie de una luna de sal y que al igual que ella, clavada en su puesto no podía dormir. Acurrucada en una manta en el piso, era una más de las personas que, de igual o manera similar, hacían fila con mucha anticipación para conseguir un bendito turno en el hospital capitalino del Chaco. La semana anterior y la anterior a la anterior no logró obtenerlo. Todo se complicaba al ser una especialidad. La oportunidad de acceder al derecho de una atención médica digna se consumía bajo un sistema burocrático y una cadena de ineficiencias o desidias.

Pasaron las dos primeras anotadas, que eran de otras localidades de la provincia. Así pudo encontrar un lugarcito en el banco. Continuaba su observación. Otro pañuelo y otro más. Código común, maldita distinción de esa enfermedad de mierda. Dejó de escrutar los pañuelos, y asustándose tanto con algunos rostros que cargaban más miedo que el de ella, miró para otra parte. Peor. Los moretones de las agujas en los brazos fueron aterradores. Pasó a los pies. Pocas iban de zapato, generalmente las más arregladas. Muchas lucían zapatillas, alpargatas, ojotas. Pero todas estaban allí. Un instante en sus vidas compartían en esa sala de desespera, esperanzadas en superar el trago amargo, cruel de la situación. 

Lástima no poder cerrar los oídos. Las historias seguían relatándose, encontraba positivo estar sentada al lado de la sobreviviente protagonista de la misma. Le temblaban las manos. Por ende, el sobre que sostenía. Eran los resultados del patólogo. Se lo habían entregado sin cerrar, pero ella remachó unos broches para asegurarse que su curiosidad no la traicionaría. Así, a fuerza de voluntad, estuvo aguardando días insufribles hasta llegar ese miércoles para que los que saben, abran el sobre, vean y actúen en consecuencia. Por supuesto también llevaba las mamografías practicadas.

Media mañana y tenía para rato. Fue al baño. Tal vez vomitar hubiera sido preferible, porque se tragó sin querer todas las palabrotas, las ordinarieces que estaban escritas. Regresó a la sala y quedó de pie. Lo que en su momento le produjo una chocante sensación de quejidos de sus congéneres, pasó a una comprensión instantánea del dolor compartido. No competían; sus vivencias habían quedado marcadas a fuego, o mejor dicho, a rayo en sus cuerpos. Hacían catarsis. Hablaban, hablaban, hablaban… hasta no importaba si su interlocutora las oía. Era casi un exorcismo. Una necesidad de “echar pa’ fuera” la bronca, la rabia y a veces el agradecimiento de una segunda oportunidad.

Se reencontró con su porción de diáfano cielo. Recordó cuando nada sabía de turnos, exámenes, consultas, y todo lo miraba desde el otro lado… Pensó en todas las cosas que tenía por hacer. No lo inmediato. Sí, en todo lo que le faltaba conocer, aprender, animarse a hacerle pito catalán a la vida y salir a abrazar el mundo. Fulana, pase. Con esta frase interrumpieron su reflexión, y pasó. 

Diez, quince, veinte minutos. Cuando salió del consultorio, no era la misma. Dos lágrimas se desplazaban por su rostro y se suicidaban en el surco de su sonrisa. Agradeció al Cielo. Estaba sana. Miró una vez más a las que seguían allí. Hubiese querido decir algo, no tuvo valor. Solo las imaginó saliendo de la consulta sonrientes, ya sin pena.

NOELIA NATALIA BARCHUK

SOLEDAD, OTRA VEZ


Trizia se ganaba la vida en un bar de mala muerte. Aún le calzaban los mismos vestidos que usaba a los dieciséis años, un tanto más ajustados en las caderas y dejando notar una incipiente celulitis. Limpiaba el local, se encargaba de la cocina con lo poco que se ofrecía para comer, atendía al público, sean éstos clientes, proveedores o inspectores; éstos muy raramente aparecían. Pero no tocaba la caja. Fernández era el único que muñido de la llavecita bendita, abría y cerraba el cofre de la felicidad.
Los días y las noches eran siempre las mismas. Las tardes quizás, dentro de la rutina, repuntaban con el amor de las telenovelas. Una o dos horas de lunes a viernes, para deleitarse con las ficciones mexicanas o colombianas: melodramas rosas, donde siempre, y pese a infinitas peripecias suscitadas, la muchachita pobre termina convirtiéndose en la gran dama rica, con galán y medio a su lado… ¡Qué sola se sentía los fines de semana! 
Suspirar… alguna vez Soledad Castuña había sido una de esas muchachitas lindas e ingenua de las novelas. Seguía siendo pobre, y con un hombre que no la trataba galantemente. Se llamaba Soledad, antes de Trizia, nombre que su patrón-marido le dio rebautizándola.
Al compás que a él le crecía la barriga, los celos a la par, por igual razón alcohólica. En resumidas cuentas, Fernández comenzó a propinar a su empleada-mujer, esporádicas palizas, con ataque de arrepentimiento final. Luego pasaron a ser frecuentes y sin sombra de posterior vergüenza. 
Trizia juntó coraje, y hasta tres veces, llegó como sus fuerzas la acompañaron hasta la comisaría del pueblo a formalizar ante la ley su clavario. Los policías le tomaban la declaración, simulaban oírla atentos y preocupados se ofrecían de mediadores; también la espiaban cuando el médico la revisaba. De ahí no pasaba la cosa.
Fernández se apalabraba a los milicos fácilmente tras servir una ginebra tras otra. Todo quedaba entre hombres, la culpa de los cintarazos siempre sería de ella; esa guaina loca que atraía las miradas ajenas.
Ella pensó en huir, pero tras un intento fallido, fue amenazada la suerte de su familia. Fernández juró que hasta Chicho, el perro, pagaría con creces, si se iba.
Quiso hablar con el cura, pero sintió pudor y un poco de culpa, por estar viviendo en pecado con ese hombre, que alguna vez fue bueno y la enamoró. Tal vez se lo tenía merecido, llegaba a su mente, ese común denominador de la víctima.

Pero una noche, se escucharon sus ruegos. Misteriosamente, el patrón-marido no volvió a la casa. No volvió nunca jamás. En su reemplazo, llegó Manuel, aseverando ser el nuevo dueño del “Azul”. Lo era, de algún modo, obtuvo las escrituras y la documentación pertinente al comercio.
El nuevo patrón venía con un crío pequeño, por eso pidió a Trizia que por favor ser quedara; pero nunca osó traspasar la barrera de su alcoba. Es más, entre las modificaciones realizadas, fijó el descanso semanal para ella, además de techo y comida, combino en un modesto salario. Lo mejor para Trizia, fue cuando le encargó confeccionar cortinas y manteles nuevos. Se trataban con respeto y el niño era un ángel.
Así el tiempo fue curando las heridas del cuerpo de aquella mujer, sin embargo, las del alma, seguían en carne viva.
Cierta tarde, el viento había alborotado los cabellos de Trizia, mientras concienzudamente intentaba barrer la vereda. Manuel salió a su encuentro y en un rapto de locura, quiso acomodar una flor en la despeinada cabeza.
Ella no vio la flor. Ante el amague de un brazo de hombre sobre su sien, el miedo se hizo presente y la desesperación de protegerse la hizo dar escobazos por la espalda a Manuel. Él por fin se atrevió a abrazarla. Alzó el jazmín pisoteado del suelo y se lo guardó entre sus manos.
La misma flor eligió un año después para el ramo de novias. Dejó bien dobladita la tristeza con el nombre Trizia. Volvió a sentirse Soledad, pero nunca más sola ni mal acompañada.

NOELIA NATALIA BARCHUK

Maravillosa

Quiero robarle a mi pluma
de su sangre una caricia
para poder describir
lo bella que es tu sonrisa

Tejer con notas de amor
la melodia más hermosa
expresar en cada una
que te vez...maravillosa 

MOMENTOS DE AMOR
Miguel Ángel Alvarez
Amazon, Palibrio

Luis Esteban Torres

Tengo un sentir agreste…
Y recuerdo los mustios instantes
Que algún día serán,
Recuerdo los pasados oscilantes
Que yacen bellos, crepusculares, deshechos
En el seno del mañana
Que azulea en la hondura de mis locos ojos.
¡Hermanos, 
No siento mis piernas!
-¿Y tus alas?...
Oh…
Hoy le tememos 
Un poco más a la muerte.

Luis Esteban Torres

sábado, 2 de agosto de 2014

Quiero verte


QUIERO VERTE

Cómo te llama mi corazón en cada latido…¡¡¡
Te busco entre la gente que pasa por la calle,
En la soledad de una esquina,
Y en el silencio de una plaza preferida.
Te extraño como la noche la luna añora a medianoche.
Solamente tú eres capaz de llenar este inmenso vacío
Aquí en el abismo frío de mi pecho abierto.

Quiero verte,
mis ojos sin tu mirada pierden horizonte.
Quiero verte,
mis labios son amargos sin el dulce de tu boca.
Quiero verte,
extraño tu perfume besando mis sentidos
Y mis manos tejen en el aire telarañas pensando en tu piel.
Quiero verte
profunda entre mis brazos escondida
Porque deseo soplar en tu corazón con mi mirada
para encender los luceros de tus sueños como teas
Y anudado a tu cintura, quedarme anclado a tu vida.

Quiero verte…
asómate a la ventana de mi vida.
Sal al balcón de mi silencio con tus rosas en plenilunio.
Vente en un cometa polizonte y desembarca en mi lecho
Como esas olas cálidas que hunden sus proas
en las caracolas que deja en la arena salina del alba.
Eres tu mi revolución,
mi grito libertario,
mi bandera en llamas.
Quiero verte,
Vente caminando descalza
por las calles solitarias de mi poesía
Y espérame en esa esquina de la memoria
bajo la luz de la naciente luna en la primavera,
necesito de tu boca y tus brazos para prolongar
mil años más tu ausencia que me quema en el alma.

©WalterPineda

¡Ciudado!



¡CUIDADO¡

Se escuche
el grito de reclamo
mantenerse la esperanza
ya que no es justo
que la soberbia se pavonee 
sometiendo almas 
que solo quieren
¡vivir en paz!

La injusticia de una sociedad
desde sus raíces es deficiente
aspectos que se encuentran mal;
pues por el desdén se ufanan
de navegar en justicia 
flotando en la docilidad 
del decoro y el respeto
sometiendo con prepotencia
a los que no se acoplan
en su forma de pensar.

Es época de tomar conciencia 
y aceptar la culpa
de aquellas mujeres
que por ignorancia o mucho amor
educan aquellos varones 
que van infringiendo 
sufrimiento y pesar.

El debate se realiza por siglos:
si la personalidad se trae o se transforma,
que con nuestra conducta
y normas para enseñar
mandamos mensajes subliminales 
lamentablemente en este tipo de educación 
se asegura 
que el dominio quede claro
donde estos individuos
¡tienen toda potestad!

Donde se creen 
merecedores del sol y la luna
pero si no lo obtienen
con todo derecho pueden gritar
y en su camino escarnecer 
generándose en cada segundo
ira en toda prepotencia 
¡imponiendo su voluntad!

¡Entiéndase bien!
con está introspección
no se minimiza la responsabilidad
de aquel que en su ser
tiene el raciocinio para pensar
y dilucidar 
¡lo que esta mal!

¡Pero ya madres!
No impongan 
semejante carga de maldad,
entiendan que estos hijos 
que con tanto amor 
se les quiere atender
en soledad transitaran
porque no existirá nadie 
¡Que los ame en verdad!

No impongan a las hijas
con sumisa devoción 
atender aquellos varones 
porqué son los hombres del hogar.

Eso no se vale
ya esas cadenas que agobian y matan
tienen que terminar.

Utiliza ya el juicio 
para que todos podamos
¡danzar en el mundo de la paz!

Sandra Méndez