sábado, 2 de agosto de 2014

ES MEJOR DAR QUE RECIBIR


ES MEJOR DAR QUE RECIBIR

Él había sido un hombre sencillo, sus manos vacías de riqueza material, pero llenas de esperanza, habían sido el apoyo de aquellos que lo perdieron todo. 
Acostumbraba a regalar sonrisas y aun siendo poco estudiado, conocía el verdadero significado del amor.

Todo era perfecto, por que las arcas del alma estaban llenas de actos sencillos, humildad profunda y un tipo de amor ingenuo y transparente, que lo hacía especial y diferente a los demás.

Cierto día, la envidia se enteró de tal fortuna y citó en consejo inmediato, a todos aquellos que lo rodeaban pero no lo querían, gente que fingía ayudarlo a ser mejor persona, con el único objetivo de dejarlo en ruinas.

Él no solo era bueno, también era ingenuo y confiado, así que creyó en esas sonrisas falsas que le dieron las llaves de una nueva casa y le ofrecieron una silla de oro para descansar la dura travesía.

Le hablaron de un momento triunfal, la hora de ser más importante que los otros, ya que la bondad del pasado debía cobrar recompensa. Le abrieron mil habitaciones llenas de oro y avaricia y le bañaron sus pensamientos buenos, con vino de ricos y monedas sacadas a las malas, de las bolsas de quienes sufrían. 

Las riquezas le sobraban, los tesoros se acuñaban en monedas brillantes, que convertían los detalles sencillos que siempre había amado, en insignificante estorbo.

Dejó de amar los besos para desear la carne, dejó de agradecer ser amado pues con tanta fortuna podía comprar mujeres y hombres que lo alabaran como esclavos y dejó de mirar la luna, pues el resplandor de sus tesoros, brillaba según él con mayor gracia.

Cierto día, decidió caminar lentamente por su nueva casa y escudriñar en cada una de sus habitaciones, estaba cansado de descansar y su corazón duro y obeso por consumir tanta avaricia, necesitaba un poco de ejercicio.

Muchas llaves daban paso a largos pasillos recargados de esmeraldas preciosas, rubíes finos y diamantes orgullosos. Se burló de la tierra negra que arropaba el campo, del viento insípido que trabajaba sin salario y del viejo cansado que sembraba en la montaña, llevando el sol caliente en la espalda.

De repente llegó a una puerta de madera vieja, sin adornos, ni brillantes perlas en su humilde marco y muy sorprendido la miró con asco. Tomó fuerza y la derribó con un par de patadas, muy enojado por el desacato al buen estilo del ostento y la vanidad.

Entró al cuarto, observo que estaba casi vació y se quejó por sentirse pobre, aún teniendo tanto. Se quedó mirando al suelo y encontró la maleta vieja de esos años en que daba sin recibir, sonreía a pesar del dolor y amaba con sinceridad. Recordó a sus viejos amigos, esos mismos a los que les brindó paz en el alma y añoró volver por un momento al pasado, para sentirse más humano. 

Ahora era muy rico, así que llenó las maletas de billetes marcados por la envidia y convencido de poder comprar cualquier cosa que existiera, se fue a cada tienda de la ciudad. Quería comprar sonrisas, sueños, besos, abrazos, fe, amor, paz, pero paradójicamente, aunque tenía con que pagar, en ningún lado vendían alguna de estas cosas. 

Se sintió triste, pero no perdió la fe en aquellos que le ofrecieron la fortuna esplendorosa de la avaricia, así que fue en busca de ellos y pidió un poco de ayuda. La envidia y sus allegados se burlaron incesantemente, sin dar respuesta a dicha petición, lo llamaron tonto, cambiaron las guardas de las puertas de su casa...que ya no era su casa y arrojaron su vieja maleta por la ventana.

Avergonzado el hombre, comprendió que dicha riqueza material solo era un destello, que los buenos actos no se compran, el verdadero amor no se vende y los sueños no se hacen con ladrillos, sino con esperanza.

Recogió su maleta vieja, la miró con añoranza y descubrió que en su interior posaban vigentes las sonrisas, miró al cielo, pidió perdón por su egoísmo, e inmediatamente la carga del equipaje se hizo pesada, totalmente repleta de amor y sinceridad.

Con un fuerte grito de agradecimiento al cielo, se sintió el hombre más afortunado de este mundo, lloró de alegría y corrió sin cansancio en busca de sus verdaderos amigos, repartió todos los bienes llenos de bondad y maravillosamente nunca se vació su maleta. Volvió a sentir la mejor paga: VER FELICES A LOS DEMÁS.

Ahora era un hombre verdaderamente afortunado y feliz.

Nancy Mejía.

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